miércoles 13 de enero de 2010

De reyes que borran odios y poetas que fomentan



Con el frío de Escocia calándonos en los huesos, luego de una visita al palacio en que María Estuardo hubo vivido, amado y sido envuelta en la conspiración que la llevaría a la muerte; recibo de cibernéticas manos, el mensaje que abajo cito, fundamental a tener de referencia en esta entrada. Con la espalda adolorida y una pereza de blog que ha durado meses, ha conseguido la poeta cubana (abajo firmante) Teresa Melo, hacerme regresar a lo que ella llama con repudio y cito: “la carrera virtual desperdiciada”.


Muchos podrían ser los puntos de partida que yo tomase para conversar hoy con Melo y los lectores de este blog. Puntos de cubana referencia que de seguro irán apareciendo porque así somos de obsesivos los que nacimos en aquella islita. Sin embargo, creo en la conectividad de los eventos y mi casual (quizá no tanto) ubicación geográfica del momento, me lleva de cabeza a la larga lucha de los Estuardo y al sacrificio de María, frente a la voluntad de referente religioso; pero sin duda expansionista de Isabel I. La relación de amor-odio que ambas mujeres sostuvieron desde ambos lados de la frontera que divide a lo que es hoy la Gran Bretaña, pareció diluirse en la concesión final del trono -por el que la reina virgen hiciera derramar tanta sangre- a Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, el hijo de aquella que aún cuando iba a ser decapitada, sabía de la consecuencia de sus actos y nunca se retractó.


Esa pelea secular parece hoy resuelta bajo la aparente paz que viven los dos pueblos, que no han olvidado; pero que desde el lado escocés acogen a Isabel II cada verano en el mismo palacio (el de Holyroodhouse) del que María tuviera que escapar para más tarde cumplir muchos años de prisión y morir.


La Habana y Miami, a ratos, parecen ser un reflejo más de esos ciclos de la Historia en donde dos ciudades –metonímicamente hablando- representan los conflictos de dos pueblos, separados por las intrigas y las ansias de dominación ideológica. Bien sabemos los que hemos tenido el extraño privilegio de respirar en ambas, que esto no es exactamente así. Que mucho cubano que físicamente sobrevive en La Habana, bien se sentiría políticamente mejor acompañado del otro lado del estrecho y aunque raro es el caso, también del lado norte, hay quien aprueba el devenir político insular.


Un viaje a la ciudad de Hialeah puede resultar tan irritante como conmovedor cuando comprendemos que se trata de un alargamiento físico de Cuba y sus provincias, en donde más del 60 por ciento de sus habitantes solo hacen turismo en la isla de la que huyeron despavoridos por razones varias y envían allí, cuanto menos, el 30 por ciento de sus ganancias mensuales; asegurándose, no sólo de que no falte un plato de comida en la mesa de sus familiares, sino también de que queden diluidas las fronteras, el cerco (circo) en donde tensas relaciones de medio siglo los ha encarcelado.


Al parecer lo anterior queda claro a la poeta Teresa Melo. Salva medianamente el pellejito cuando dice: “Cubanos de Cuba somos todos los que nacimos aquí”; aunque no se extiende muy largo en ese axioma, sino que arremete de inmediato contra los funcionarios de aduana panameños que recogieron los pasaportes a quienes vivían en la isla, previendo una “quedada” masiva, tipo las que acontecen en cada salida del Ballet Nacional o el equipo Cuba de pelota. Entiendo a Melo cuando defiende que no todo el mundo está “loquito por quedarse”. En su caso, una hija pequeña y la reivindicación de su puesto en la Historia de la literatura cubana en el acápite dedicado a la “Generación de los ochenta” lo explica con claridad -y porque soy decente no hablo de sus coqueteos con el poder; su falta de memoria, justamente histórica, y su reinserción en el sistema penal de la cultura cubana, que un lejano día de 1988 la golpeó y borró de muchas páginas en las que sus textos merecían estar.


Dos puntos hay en sus deseos de año nuevo que definitivamente me convocan: la frivolización de los cubanos de Miami (uso esta nomenclatura para establecer diferencias, pero asumo a Miami como ciudad cubana) y el ataque desmedido contra dos de los más interesantes blogs escritos por autoras cubanas: Generación Y y El parque del ajedrez.


No me creo versión femenina de Robin Hood, ni creo que la justicia sea algo que los humanos podamos manejar con nuestras manos; de ser así, ya Cuba hubiera regresado a su esencia de muchacha olorosa y libre, esa que se articula en toda la poesía del siglo XIX y buena parte de la República. En cambio, sí creo en la voz que se alza cuando afrenta y oprobio rozan la piel de los que amo. Tal es el caso de las autoras de los blogs por Melo atacados: Yoani Sánchez y Odette Alonso. Tal es el caso también de esos miles de cubanos de la ciudad de Miami en donde no conozco personalmente más que a una treintena, pero que arroban en cada visita allí con sus olores de arroz con pollo, pastelito de guayaba y un tan largo amor por Cuba, que no puede simplificarse a jaulas con pajaritos o duendes de jardín como la poeta santiaguera trata de hacer.

Mucho resentimiento, olvido e ignorancia hay en sus deseos de año nuevo. Bajo pretexto y pedido de luz, de deseo de paz y armonía; se modula en el mensaje de Teresa Melo como quien tira de hilo envenenado, una nueva guerra que algunos intelectuales que residen en el territorio físico de Cuba han iniciado contra los blogueros. Adjetivos del tipo: ciberchancletera, vendepatria y otras lindezas que por suerte no retengo han sido otorgadas a Sánchez. Una no despreciable lista de falsos amigos ha desertado de los contactos que reciben El parque del ajedrez de Alonso, desde que esta ha decidido hablar por las claras  desde su posición de exiliada en la pequeña tras-nación que por décadas se construye en México. Falsos amigos idos que no opacan a los cientos que se sientan para pesadilla de Melo en este parque de Alonso, más habitado que el real porque para llegar a él, no hay que pedir permiso de ningún tipo, ni hacerle el jueguito de complacencia a los ministros. El parque del ajedrez acoge, cada martes, a muchos (no solo cubanos sino nacionales de varios continentes) que se acercan para escuchar a su autora iniciar un diálogo que sanamente abarca no sólo tópicos cubanos sino de interés internacional. Se habla incluso de la adicción del martes, adicción del parque, adicción de Odette, que como el amor es una droga dura.


Sin embargo, hay que joderse y escuchar como califica de “estéril” Teresa Melo a esa carrera virtual en donde cubanos libres y sin ataduras a peleles de turno (léase: directores provinciales de cultura de turno, presidentes de la Cámara cubana del libro de turno, presidentes provinciales y nacionales de la UNEAC de turno) escriben su visión del asunto Cuba. Su pecado parece ser que ellos no dependen de la aprobación del gobierno para que otorguen a sus blogs los permisos de salida del país físico de Melo. Ese país al que legítimamente siempre quiere ella volver para rescatar al Malecón y al Carlos Marx de las tormentas -si hay arrogancia y virtualidad mayor que venga un funcionario y me la explique bajo doctrina materialista, por favor.


La lucha que gracias a las nuevas tecnologías se ha desatado en la red, inquieta cada vez más a quienes temen perder privilegio y posición en las instituciones culturales y políticas cubanas. Un gran y constante pataleo se ha iniciado en contra de los pensadores del espacio, los que han demostrado (especialmente en el caso de Sánchez, quien se encuentra delimitada por la maldita circunstancia del agua por todas partes) que la libertad es un estado de conciencia, de dignidad, de arrojo. El mismo arrojo que hizo llevar a los grandes hombres del XIX a la consolidación de una nación que nacía en la escritura del exilio (basten Heredia y Martí como ejemplo) la que se materializaría después en la sangre de los mambises.


Mirando atrás, a nadie se le ocurre acusar la carrera virtual martiana (si entendemos la escritura como proceso de ficción, de espejismo sólido) como estéril; por mucho que se haya producido desde la lejanía física de la isla. Algo fundamental diferenciaba a aquellos hombres (tabaqueros de Tampa y de La Habana) de los cubanos de Cuba y los de Miami: un amor común por su patria que el discurso y la propaganda política de la Metrópoli, no consiguió fracturar y/o manipular.


Sánchez y Alonso parecen mantenerse fieles a esa tradición de unidad, de amor incondicional al suelo. Un amor que no cree en estarse preguntando a quién le recogen el pasaporte y a quién no si coincidieran en un salón de espera de aeropuerto; no fue en definitiva el gobierno de Miami quien lo hizo, sino uno tercero, “outsider” políticamente descomprometido con la causa cubana. Saben las dos que podría haber un futuro para Cuba, un Jacobo I de Miami y VI de La Habana, siendo ese hombre/mujer de bien el hilo conector de ambos deseos. Deseos de ser sin comodines de resentimiento ególatra y olvido. Detrás de esos pajaritos y duendes que lamentan perder tras huracán los cubanos de Miami hay ya muchas décadas de dolor por Cuba enmascarados, que no todo lo que brilla es oro y siempre se ha sabido. A falta de patria, pájaros y duendes se antojan comodidades del espíritu.


Mucha salud al nuevo pensamiento cubano que se gestiona en la red de redes. Mucha salud a esas cubanas que llevan en sus blogs, el mensajito de papel estraza que otras llevaron más de cien años atrás a la manigua escondido en la flor de mariposa. Ese y no otro, es mi deseo para 2010. Mientras ellas escriban, quedará cumplido.


A modo de referencia el mensaje de Teresa Melo:






Cubana de Cuba


Dos o tres veces fuera de mis fronteras geográficas y espirituales he escuchado esa frase. La última: aeropuerto de Panamá, incómodos asientos de la línea Copa, huracán por medio arrancando el Malecón e inundando el teatro Carlos Marx, impidiendo además el regreso de los aviones destino Miami y destino Habana. A pesar de que expliqué allí que Cubanos de Cuba somos todos los que nacimos aquí, los "cubanos de Cuba" una vez más tuvimos que entregar el pasaporte y fuimos custodiados, como si todos los cubanos de Cuba quisiéramos vivir en cualquier sitio / tienda / parque / desastre. Entretanto, los "otros" cubanos de Cuba se preocupaban por sus pajaritos y duendes de jardín, máxima expresión de la pérdida para algunos.
Así que hoy, en este día en que creemos que todo es posible, porque quedan 365 días para cualquier sueño, esta Cubana de Cuba, desea de corazón, fuera del circo, la hipocresía, las blogueras/bloqueras, los parques donde no se sienta nadie, las fincas improductivas y tanta carretera virtual desperdeciada, que te unas al sueño común que sí es posible, que no necesita pasaportes ni fronteras.



Mucho de luz para la oscuridad. Mucho de sombra para la falsa luz.


domingo 22 de noviembre de 2009

Reinaldo Escobar y Yoani Sánchez: los vivos



Nosotros los hijos de nosotros mismos, iguales en Dios

Qué tiempo preciso desaparecido

A golpes de odio nos derrumbó

Qué lejos lo humano de lo cotidiano

Qué viejos solíamos parecer

Nosotros muriendo sin haber llegado

El amanecer


Tomado de Nosotros los vivos

Canción de Rubén Aguiar

Llevo días con Yoani Sánchez metida en la cabeza. Sueño con ella. Le hablo. Le suelto con cariño algún que otro regaño por un evento de hace meses, algo que tal vez no quedó muy claro entre nosotras. Pero sigo la conversación. La escucho y hablo de vuelta cada mañana. En cada nueva visita que le hago a su casa de Generación Y. Una casa en la que por fin entramos todos y no tenemos que colgarnos del balcón como tantas veces pasó entre el 95 y el 99. Aquella casa suya, refugio nuestro, casi único paliativo a la exclusión que sentíamos nos era otorgada de ordinario por la CASA mayor. Esa casa de donde queríamos irnos, de donde dar un portazo para salir y salvarnos era toda nuestra obsesión. Casa blanca, pueblo todo que fundíamos al de Serrat para cantarle, cantarnos: Escapad gente tierna,/que esta tierra está enferma,/y no esperes mañana/lo que no te dio ayer,/que no hay nada que hacer.


Llevo días, meses, más de un año con Yoani en la cabeza. Tratando de rehacer nuestros diálogos en la escalerilla a la entrada de la facultad. Recordándola junto a Macho en sus viajes a Matanzas, cuando nos encontrábamos en el piano-bar de Vigía, con Zaldívar, Gisela, Lázaro, Lisset, Judy y Rubén. Hablando con ella en silencio. Tratando de establecer los límites que deben existir entre una antigua compañera de clase y la figura pública más relevante del país en este momento. Luchando a brazo partido para que no parezca que quiero sacar ventaja de esta coincidencia. Buscando la manera en que pudiera hacerle llegar alguna ayuda material, ¿qué otra cosa desde aquí? para Teo, para ellos…


Y así aparece esta tarde Rubén Aguiar con su entrada Reinaldo Rey Macho, anunciándonos lo que ha pasado anteayer en La Habana con Rey, Macho, Macho Rico, como le decíamos para risa nuestra y risa suya. Una golpiza. Otra. Un alargamiento manierista, pero muy grotesco de lo que le hicieron a Yoani días atrás. Una tunda que tal vez él fue buscando en gesto, por qué no, cristológico -si entendemos la exposición del cuerpo de Cristo como la única manera que tuvo de probarse como un sedicioso consecuente. Rebelde de cuerpo y mente, no sólo de sermón en las colinas.


La gratitud honda que siento por estos dos seres se mezcla con un profundo miedo. Un miedo que desvela si pensamos en lo macabro de aquella gente que solo afila las puntas de los clavos. Aquellos que decidieron hace mucho que el que no estaba en su banda era para siempre su enemigo. No puedo más. Le pido el teléfono a Rubén y hablo con ellos.


Los oigo. Están ahí, en la casa en donde tantas veces nos refugiamos. La casa que era la casa de tantos que ahora olvidan y casi parece que le hacen el juego a los agentes de la seguridad que los acosan. La casa de ellos, nuestra, que se ha expandido, tan inmensa que se mete en las que ahora habitamos y se funde en una misma sin importar nada cuál sea nuestra nueva geografía. Están en casa, mirando a la plaza cívica. No han podido borrarlos de tanto puñetazo. Respiran. Y cuando al fin hablo y anuncio: Rey, soy yo y pronuncio mi nombre y pregunto cómo estás, su respuesta me regresa no solo a la certeza de que es él y no un títere improvisado, sino a una fe inquebrantable en los humanos- quise decir cubanos. Porque Rey, Macho, Macho Rico, responde: coño, negra, qué alegría que llamas, estoy vivo. Y se pone Yoani que insiste en que nada quiere que no sea que difundamos su blog y los oigo trajinar otra vez y nos reímos, seriamente. Y todo lo que no alcanzamos a decir en los diez minutos que dura la conversación, lo pensamos al unísono.


Hace dos días golpearon a Reinaldo Escobar, unas semanas atrás a Yoani Sánchez. Creo recordar que en las aventuras de los héroes de la clandestinidad, aquellas que nos repetían hasta el cansancio para demostrarnos las injusticias cometidas por los gobiernos de Batista y Machado; eran esas mismas golpizas el sujeto de la vergüenza, el oprobio en el que estuvo sumido, desde tiempos de España, nuestro pueblo.


Quería hablar en esta entrada de quiénes eran y por qué estaban allí esos jóvenes de la FEEM y la FEU que gritaban histéricos las consignas de 1980. Pero no he podido. Acabo de hablar con mis amigos Rey y Yoani y están vivos. Hay un futuro para Cuba. Los que hace dos días gritaron y golpearon, son el pasado estancado de un país que gracias a ellos, ya no existe más.

lunes 16 de noviembre de 2009

El vacío




A Maya, con gratitud por la pancita llena...

No recuerdo exactamente el número de meses atrás en que esto pasó; pero sí el lugar: un enorme "parking" a la entrada del supermercado en donde compramos nuestra comida. Tampoco recuerdo el detonante o la peripecia que nos llevó allí; pero de pronto estábamos enredadas en una larga conversación sobre el vacío. La enorme carrera que es la vida en sí para llenar ese hueco insalvable. Ese sinsentido esencial. El mismo que debieron sentir Adán y Eva, rodeados por la magnificencia de la naturaleza (tal vez la única que valga la pena contemplar) y aún así inconformes. O impacientes, según Rilke: "por impacientes perdimos el paraíso/ por impacientes lo volveremos a perder".



Como suele pasarme en estos años de perpetua terapia, siempre regreso a mi infancia. A ese mundo terrible del que, para mí, tan poco vale la pena recordar, rescatar sería un verbo más exacto. Y me rescato entre los cinco y los seis años. Mi tía Zoyla me trae atada a su mano desde la escuela. Me pregunta cómo ha sido mi día, las tareas que debo hacer esta noche, ese tipo de rutina... y me veo interrumpiéndola. Preguntándole cuál es el nombre de eso que hay entre ella y yo. Y muevo mi mano con insistencia entre mi cuerpo y el suyo. Y desconcertada (e imagino ahora que pensando en algo más importante y pendiente por hacer) me pregunta: ¿qué? Y yo insisto, digo: sí, esto que hay entre tú y yo, ¿cómo se llama? Nunca respondió.


Yo he tardado quizá más años de los necesarios para hallar la respuesta o su aproximación. La física mecánica y la cuántica algo me comentaron en los años que comencé a tomar esas clases; pero tampoco fue suficiente.


El vacío material. Ese que había entre mi tía y yo. Entre cada objeto o ser y su otro más cercano o lejano se asume como inevitable desde que se respira y se mira alrededor y aceptas que ese y no otro es el orden natural del escenario.

El vacío espiritual, el que hizo a Adán y a Eva hastiarse de tanta belleza hasta la incomprensión, ha sido insistentemente pensado, definido. Nada o casi nada habría que añadir al tema, no desde una perspectiva filosófica. De hecho, una buena parte de la angustia humana ha sido localizada, explicada, en aquello que llaman la perpetua añoranza del regreso. Un regreso que puede tener como destinos finales: el paraíso que nos reconcilie con la expulsión original o la que sufrimos del vientre materno. Expulsiones que sólo ejemplarizan lo que es estar condenado desde el primer instante al más rotundo desamparo.


Después empieza el ejercicio desesperado del reencuentro con el hogar. Un hogar que habita por principio imaginado en el cuerpo del otro. Esa casa de piel, latido y secreciones de todo tipo con una ventana de luz que es el cerebro: "Quiero hacerle el amor a los cerebros" dice el delicioso personaje Dante en película argentino-española Martín (Hache). Poseer los cerebros hasta arruinarlos, sería años atrás el mensaje de Freud: "cuando amamos a alguien secretamente buscamos su destrucción". Una destrucción fundacional. Una destrucción que intenta regresar a la casa materna, ese vientre-paraíso en donde no hay espacio entre un cuerpo y otro, un árbol y otro, una necesidad de ser el uno, que nunca aparece dividida.


Pero a veces no basta. Y lo saben los que venden ideas, llamémosle "productos de consumo" y allí se van. Trabajan despacito, con paciencia de amanuenses medievales. Piensan el nombre, la imagen, el momento exacto en que deben diseminar la semilla del deseo y dónde anunciarla, a qué soledad exacta aludir, a qué zona del cerebro.

Intentábamos explicarnos nosotras en aquella tarde del “parking lot”, la curiosa razón por la que algunos llenaban sus vidas de objetos de todo tipo, siendo los zapatos una famosa y especial obsesión. Qué hay en aquellas piezas de vestir que resulta tan atractivo para tanta gente. O esa obsesiva idea de la “compra de la casa”. Trampa sin límite que enriquece a bancos y banqueros mientras nosotros, tan crédulos, nos soñamos propietarios: ¿qué hace una cuando los sueños se han cumplido? Dice la escritora Mylene Fernández Pintado en su magnífica historia: “El día que no fui a Nueva York”. ¿Qué hace uno cuando los sueños se han cumplido? Parecemos repetir todos al unísono mientras inventamos un proyecto tras otro: zapatos para algunos, casas para los segundos, títulos universitarios y puestos y poder para los terceros. Adónde va todo ese sentimiento de conquista cuando llegas y lo tocas y respiras insatisfecho todavía.


“Besa mucho a tu hijo, para que de mayor no busque o necesite los besos de nadie”, dijo alguien que no conozco a mi amigo Yurién cuando se inauguraba como padre, años atrás. Y parece ser esta una de las claves ausentes en la sociedad moderna. Uno de esos factores que nos colocan débiles en una posición en la que siempre o casi siempre (cuando no hemos sido besados lo suficiente) buscamos la aprobación de tantos otros. Nos inventamos una vida de confort como clave de la felicidad que vamos a tener o compramos aquella ropa con la que tan atractivos nos veremos o luchamos desesperados para que sea mencionado nuestro nombre en cualquier evento profesional en el que nuestra vanidad sienta que era justa la mención.

Una larga conversación en el parking del supermercado no es acaso suficiente. Ni tener la capacidad de observar el fenómeno. Ni reconocer el momento justo en que hemos caído en la trampa de mendigar reconocimiento, amor o poder a través de nuestras acciones. Falta más. Tal vez el nombre de eso que había entre mi tía y yo, ese espacio entre tú y la pantalla del ordenador, que nadie aún, ha sabido cómo llenar.





miércoles 11 de noviembre de 2009

Cuba, los cubanos y la libertad...

La actriz y dramaturga Carmen Pelaez, junto a su hermana,  acaban de publicar este documental sobre la idea de la libertad y como la vivimos los cubanos desde esta orilla imaginada...


Se los comparto, no solo porque hago unas brevísimas intervenciones, sino porque hay muchas otras deliciosas: Maya Islas, Iraida Iturralde, Geandy Pavon, Enrique del Risco, Alexis Romay y otros inquietos de la zona...

Los invito a mirarlo en este link... con abrazo
 
http://vimeo.com/channels/drc

lunes 2 de noviembre de 2009

Viaje secreto de un ojo colgado en la mochila o de cómo visitamos al país de Z



Anoche presentamos en el hotel Waldorf Astoria de la ciudad de Nueva York, el cuaderno de poesía Notas del país de Z. del poeta mexicano Gaspar Orozco. Fue una hermosa noche, de complicidad poética y muy elegante, como si la tradición del espacio nos convocara. El poeta y su traductor hicieron una hermosa lectura. Por mi parte, lo presenté con estas palabritas cosidas a oido que aquí les comparto.

Asocio libremente. Digo Z y ruido. Z y destierro. Z e infinita probabilidad de los números. Número-país. Número-música.
Asocio libremente. Busco señales en los epílogos. Encuentro: John Zorn/Música/ País/ Z encabezando un apellido.
Gaspar Orozco advierte. Relata su mística experiencia cuando ya hemos pasado, con él, las baldías tierras de la imagen. Dice en su epílogo: “Una noche del invierno neoyorquino de 2002, tomé el metro en la estación Delancey, en el corazón del Lower East Side. Había terminado de escuchar una actuación del saxofonista y compositor John Zorn.” Y ha de ser ese un secreto con fuerza mantenido. No debemos saber de su existencia hasta muy llegados al final, allí cuando hay que recomenzar la lectura para desandar tantas veces cómo sea necesario el mismo territorio: Libro-ciudad-tablero de ajedrez-pentagrama-lienzo blanco sobre el negro de los signos. Rasgo sobre el blanco que cubría a Manhattan en la probable noche que desató en Orozco la aventura, generosa, de traernos junto a él hasta este del último suspiro.
Dos motivos (obsesiones) formales recorren con Z. su país: brevedad y corrección. Muy claramente seguidores del modelo haikú, estos versos (declaradas notas balbucientes del viajero) destacan en esa casi obsoleta manía de limpieza. Métrica bien cuidada. Insistente voluntad de selección de las voces… Cuesta creer que no haya tras de ellas años de trabajo. Como debió ser en aquellos talleres renacentistas de la vieja Europa, las Notas del país de Z, se antojan un trabajo de delicadísima factura. Vuelvo a asociar con libertad y aparece Murano, esa otra isla en donde a base de fuego se recomponen los cristales.
Encuentro otros paratextos. Los breves avisos hechos a través de ventrílocuo ejercicio. El poeta que nos balbucea las notas que Matsuo Basho le confiara, allá muy lejos, en la blanquísima madrugada del Ueno, cuando la isla de Japón tan poco sabía de otras islas vacilantes. Casi cuatro siglos para que los dos poetas se encontraran. Casi cuatro siglos para recomponer la idea de escenario. Una idea, quizá la más antigua, en donde verso y representación estuvieron, quién lo duda, muy ligados. Teatro-visión. Teatro-fiebre. Teatro-locura. Teatro-profecía. Teatro-silencio son quizá las estaciones de ese trayecto infinito que desde la vieja mochila de Basho recorremos.
Y allí nos vamos, para ser un ojo. Un ojo total que siempre ha de regresarnos a Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.” El poeta es un ojo. Pero no al estilo modernista, Dios total en su torre de marfil, sino un ojo que escondido en las piedras del camino, se hace objeto, exterior al hombre mismo. Ojo solitario que incluso alcanza a desentrañar las tretas que le tiende “la mirada” esa abstracta realización de sus funciones: “Encuentras/ tu mirada húmeda/ observándote desde el fondo/ de la jaula.”
La idea del caleidoscopio -de la que con seguridad Orozco y Basho conversaron- nos asiste. Pero el interés no vive en esa clásica voluntad de hacernos partícipes de lo observado a través del oscuro artefacto propiciador de imágenes, elemento que establece toda diferencia. No, lo visto pasa a un segundo plano, cuando entendemos que lo importante no es el todo, sino el infinitamente inapresable segundo en que volteamos el tubo y se ven multiplicadas simétricamente las estancias. El país de Z es el territorio inefable del giro. La partícula anotada con rapidez de otros mundos en el instante en que Dios (ese Dios que vive en nuestro cerebro, tantas veces hermano y enemigo) rota con su mano el artilugio.
No sabemos cómo lo ha hecho; pero Gaspar Orozco lo ha conseguido. Nos ha llevado de viaje por los senderos de Eleguá, el diosecillo travieso que en el Caribe sirve de guía, ojo avizor que ni siquiera teme a las caídas. Ángel que retorna eternamente y es la voz de Z. y su musical ruido de saxofones y es la mano que en el imposible Kioto de Basho nos comunica felizmente con la muerte y es el ojo, muchas veces, que adelantado produce música sobre el lienzo abandonado en cualquier tren de la isla de Manhattan.

mabel cuesta
West New York, otoño 2009.



domingo 1 de noviembre de 2009

La voz a ellos debida




Antes de lo publicado ayer en el blog sobre mi país de música, me atormentaba otro motivo: los esclavos cubanos y las luchas de independencia. Parecerá que deliro, cómo puedo hacer semejantes transiciones forma parte de un misterio indescifrable.

La noche del jueves estuve mirando el filme norteamericano Glory (1989) de Edward Zwick en donde se cuenta la historia de un batallón de afronorteamericanos cuya participación en la Guerra Civil de los Estados Unidos, en los finales del año 1862, fue decisiva en más de una victoria. Pero al mismo tiempo si se observa la fecha salta el brevísimo tiempo que llevaba de firmada la ley de la abolición de la esclavitud que Lincoln consiguió fuera aceptada en septiembre de ese mismo año.

Narra la película, no sólo el heroico acto de estos hombres recién liberados y ya dispuestos a morir para defender los intereses del Norte de Estados Unidos (el mismo norte que meses atrás les consideraba objeto mercantil y por tanto desalmado producto de cambio); sino también la manera en que la soldados blancos tenían más de un problema para asumir a estos nuevos hombres como iguales en la lucha. El continuo proceso de humillaciones y marginaciones varias que la ley no había conseguido abolir aparecen allí.

Y salté entonces, como no puede ser distinto en esta fiebre de patria que aumenta con los años, a repensar en la similitud del proceso en donde nuestros esclavos, aún siendo la ley solo un proyecto imaginado por algunos hombres de bien, se dieron a las luchas: las de 1868. Y cuánto de esos mismos prejuicios debieron sufrir más tarde cuando se incorporaron, ya libres, a las de 1895.

Las escenas de la película norteamericana, crueles en su realismo, pusieron ante mí una frase que la historiadora Silvia Hernández Godoy, soltó un día en medio de una cena (por llamarle a aquello de alguna elegante manera) en la residencia de estudiantes en la que vivíamos: "qué impresionante debió ser estar en los campos de batalla y ver aparecer sin camisas, a pie o a caballo, a aquellos negros alzando sus machetes y gritando A degüello!"... sí, qué impresionantes, repetí la noche del jueves como si una cámara secreta, escondida en mi ojo o mi cerebro, soltara ante mí toda la escena...

Y qué fue de la memoria de esos hombres, esos afrocubanos de los que más allá de la familia Maceo, o Juan Gualberto Gómez  sabemos tan poco... cuántos regimientos habrán sido formados en los campos cubanos solo con ellos. Cuántos de aquellos bravos guerreros, no serían negritos bozales, quienes sin entender a ciencia cierta la lengua o los motivos de aquella lucha armada, igualmente se enfrentaron al mejor alimentado ejército español.

Cirilo Villaverde y Gertrudis Gómez de Avellaneda con una inmediatez -que mirada desde un siglo y medio después, resulta despampanante- dieron acuse de recibo de aquel fenómeno del afrocubano amante de Cuba. Aquellos esclavos y luego hombres semilibres que defendieron machete en mano la tierra e intereses de los blancos criollos que veían cada vez más afectadas sus finanzas por interferencia metropolitana nunca lo hubieran conseguido sin ese otro ejército menos recordado que lo secundó.

Hay una voz a ellos debida (pido prestado a Salinas el verso). Una voz que se ha metamorfoseado una y otra vez a lo largo del ya ido siglo XX y este que avanza siendo aún las familias afrocubanas en Cuba las que viven en peores condiciones económicas, sanitarias, humanitarias (para resumir).

Tal parece que aún cuando tanto le debe nuestra raza mestiza, música, enorme riqueza folclórica y la Historia a los africanos y sus descendientes, que somos al menos el 60 por ciento de la población total, hay una resistencia por parte de todos los discursos nacionales, de desempolvar ese archivo pendiente.

Soy consciente de la complejidad del tema y no pretendo agotarlo en solo esta mínima entrada... reconozco los enormes esfuerzos antropológicos de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera o los jóvenes ensayistas Odette Casamayor y Zurbano Martínez para intentar visibilizar estos silenciamientos y/0 fenómenos a los que tomaría años ubicar en su exacta dimensión. Fenónmenos que no se agotan en las guerras de independencia cubana y que tienen unas características muy específicas, que no es este, sino un serio documento sociológico o historiográfico el que las podría desentrañar.






sábado 31 de octubre de 2009

País de música


No recuerdo exactamente en qué momento pasó. Puede que por los años de la secundaria básica, finales de los ochenta, principios de una nueva década. Cada tarde nos subíamos al taller de educación laboral y dibujo técnico. Allí estaba David, mi primer amor, un profesor de dibujo quien en realidad era un pintor surrealista que se había hecho maestro para sobrevivir. Un tipo joven y locuaz. Con él vinieron las primeras resonancias: Queen, Pink Floyd, el mejor Silvio, algún aria de Turandó. Horas enteras escuchando a David como quien se asoma a la única ventana de una habitación oscura.

Pero tal vez no fue así, sino mucho antes. Tengo tal vez ocho años y mi madre trae un nuevo tocadiscos a casa. Escucha ella por horas a Los Zafiros, María Luisa Well, Olga Guillot... se entornan los ojos de mi madre en su eterno rol de femme fatale mientras la música va limpiando algo dentro de mí que aún no alcanzo a descifrar.

O fue después. Cuando una de aquellas tardes de jueves, con un grupo de amigas del pre-universitario nos escapamos a la casa de la trova para escuchar a una nueva banda de jazz: Tablas se llamaba y había un muchacho, Roque, que muy largamente sostenía al mundo entre sus dedos apretados al saxofón y el aire salido de los pulmones.

Definitivamente estoy equivocada. Sucedió con Rubén Aguiar, en el mismo lugar: Casa de la trova, año 1994. Regreso de la Universidad cada fin de semana porque quiero una ducha caliente y un plato de sopa de coles hecho por mi abuela. Tengo un novio formal a quien trato como si tuviera 4 años y quien en realidad me harta y las noches de los sábados me alivian de mi eterna manía de corregirlo. Lázaro Horta re-compone con su voz las canciones de Rubén y allí me quedo para olvidar casi todo lo que acontezca de esas gigantes puertas azules para afuera.

Recorro mi laberíntica cabeza una y otra vez tratando de localizar el momento exacto en que descubrí a la música como única solución a cualquier daño vivo. Probablemente fue cuando mi abuela cantaba en su sillón dame un beso y olvida que me has besado/yo te ofrezco la vida si me la pides/que si llego a besarte como he soñado/ ha de ser, imposible, que tú me olvides... y tengo 3 años y debo dormirme en sus brazos escuchando la que sería para siempre la canción que más consigue estremecerme.

Cada día ha sido música. Cada evento ha tenido su banda sonora. Es que para ti, todo se explica a través de la música, me reprochó Maya hace unos meses con su dulce modo de reprochar. Y mi inquieto y ultrasensible ego que aguanta tan mal las embestidas, sonrió emocionado.

Mi abuela se ha marchado hace una semana de mi nuevo hogar en West New York. Después de casi cuatro años sin vernos, el vacío que ha dejado en mí es tan hondo como nunca sospechó aquella muchacha que huyó despavorida de la isla, un malpagado amor y la familia hacia el encuentro con una nueva pasión. Llegar y que no esté con los frijolitos calientes y su eterna preocupación por el frío que hace afuera, que nadie me pregunte si le queda bien el colorete o si huele demasiado el perfume que se ha puesto, ha provocado sensaciones difíciles de alejar.

No puedo siquiera quejarme de estar o sentirme sola. No lo he estado. Maya me ha cuidado con la paciencia de una enfermera y este fin de semana, porque ha tenido que ir a ver a su madre a Miami, un grupo de adorables amigos se han estado rifando la pelota de mi angustia para tratar de borrarla. Gracias.

Y ha estado la música. Ese país del que nadie puede echarnos. En donde vivo junto a todo lo amado. La esencia más brillante de mi ser. Un país hecho con retazos de la sonaridad balcánica de Goran Bregovic que viene a convocarme de tan lejos, a hacerme saltar. Gitana en el Mar Negro que regresa a Las alturas de Simpson, barrio barroco en donde volvemos a bailar, abuela, El bombín de Barreto y de regreso al nuevo hallazgo Melody Gardot, pedacito de blues con que te miro a los ojos cuando vas conduciendo conmigo, camino a Washington y canto para ti: our love is easy y no tienes la menor idea de lo que digo, pero te ríes y estamos allí, en ese país por donde pasa un cóndor y las quenas y flautas andinas nos recogen.

Un país de música para todos. Para olvidar qué dijo o dejó de decir Amaury en la plaza, sino volver a escuchar hasta el delirio: Si yo pudiera ahogar la sed, la edad,/ la voz, reconquistarte/con lo que queda por decir,/unir de un golpe mi ansiedad/y la curva suave de tu sentir./Si yo pudiera de donde estoy,/ay amor, hacerte venir... País para entender todo lo que quedó pendiente cuando se juntaron Ali Farka Touré y Ry Cooder para hablarnos en Timbuktu y hacer de una vez tantas convocatorias/plegarias nunca atendidas.

No puedo localizar el momento exacto; pero igualmente me siento profundamente agradecida. Música para cuidar las almas. Música para viajar sin documentos a cualquier rincón del universo. Música de la ciudad y del monte bravo. Toda la música en un solo país. El único país que siempre debió existir, siendo lo demás arritmia, ruido inútil.